Lucía aprendió el oficio en la floristería de su abuela en el Cabanyal, entre cubos de agua fría y madrugones de mercado. Después de diez años trabajando para eventos, abrió su propio obrador para enseñar lo que de verdad le gusta: la flor de temporada, la que huele a acequia y a huerta, sin esponjas florales ni plásticos.
En sus talleres se trabaja con flor local recién cortada — lo que haya esa semana, como debe ser. Se aprende a mirar antes que a cortar: proporción, color, movimiento. Y se sale con las manos verdes y un ramo que no parece el primero.
El obrador es un bajo luminoso con mesas grandes de madera, tijeras bien afiladas y música tranquila. Café e infusiones incluidas siempre.
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